La gente siguió avanzando como una masa compacta, desesperados por
cruzar la calle y alejarse de ese calor abrumador que reinaba sobre las
primeras horas de la tarde. Hombre, mujeres y niños avanzaron sin detenerse y
absorbieron a la chica como si se tratase de un pozo de arena movediza. El
joven rubio no se percató de ese insignificante detalle hasta que llegó del
otro lado. Pero ya era demasiado tarde, cuando sus ojos buscaron a su alrededor,
ella ya no estaba. De pronto, al otro lado de la calle, contempló como su
peluca rubia y rizada, yacía en el suelo. La sangre le hirvió de rabia al
pensar que la escurridiza pelirroja se le había vuelto a escapar, sin embargo
el pensamiento duró poco ya que por un segundo, la vio.
Sin importarle los cientos de autos que en ese momento
cruzaban a toda velocidad la avenida, él corrió para volver a atravesar la
calle. No tardaron en oírse las bocinas y varios insultos por parte de los
molestos conductores, no obstante en ese momento, Scorpius era sordo, ciego y
mudo ante cualquier otro estimulo que no fuera el rastro que seguía.
Ingresó al callejón que estaba justo delante del lugar
por el cual habían cruzado la calle y
como no divisó nada más que botes
de basura, cerró los ojos buscando escuchar algún sonido. En su mente, la
imagen de la chica de ojos azules siendo arrastrada por alguien a ese lugar, no
lograba salir de sus retinas. Había quedado grabado a fuego.
De pronto lo oyó. Sus gritos eran inconfundibles, él se
apresuró a recorrer el callejón para llegar al otro lado, tenía que averiguar
que estaba sucediendo. Lo primero que hizo antes de continuar fue sacar su arma
y diseñar mentalmente una estrategia, de todas formas nada lo hubiera preparado
para lo que estaba a punto de ver.


























